Las ruinas de Hillrock

Abr
19

Las ruinas de Hillrock

– Abuelo, cuénteme una historia – dijo la niña con los ojos abiertos como platos y cansada de estar jugando con un pequeño caballo de madera.

– Y esta vez, ¿qué tipo de historia quieres? – sus manos dejaron de esculpir una espada de madera, hecha a medida de la nieta.

– ¡Una donde batallen feroces bestias! y… y…. – la emoción de la pequeña no le dejaba articular más palabras.

La carcajada del anciano resonó en toda la sala y, después de respirar hondo, comenzó con uno de sus relatos.

– Hace mucho tiempo, tanto que los bosques aún se extendían hasta la zona donde hoy se encuentran las ruinas de Norheim, existía una civilización compuesta por la raza Rhino – la joven se acostó en el suelo, sonriendo y mirando a su arrugado abuelo – fuertes, robustos y con un aspecto peculiar. Aunque todos andaban como hombres, su cabeza, cuerpo y extremidades eran como las de un rinoceronte. Este pueblo era conocido como el de los grandes constructores de la antigüedad y sus ciudades daban buena fé de ello. Palacios, jardines, estatuas… Todo decorado como si aquellos lugares escondiesen algo místico, como si algún dios hubiese intervenido en todo. Pero lo más misterioso y mejor custodiado era un templo, el cual se podía ver desde cualquier zona de la ciudad. Alto como jamás un humano ha podido construir. En su interior, la leyenda cuenta que los rhino guardaban celosamente una lágrima de Terra, su diosa protectora.

– ¿Y esa lágrima era mágica? – el rostro de la pequeña se tornó serio y lleno de emoción.

– Paciencia, todo a su debido tiempo. ¿Por dónde me había quedado? ¡Ah, sí! – el anciano se golpeó la cabeza con la mano mientras miraba hacia el techo – Un día llegaron noticias de que un escuadrón humano estaba ante la inmensa muralla pidiendo poder hablar con el rey de Hillrock, la ciudad que se encontraba detrás de éstas. Poco tiempo tardó en aparecer la guardia junto al dimplomático. Tras una pequeña conversación dejaron entrar a los humanos, los cuales se dirigieron raudos y veloces hacia palacio. Una vez allí, explicaron al rey que, desde el norte, un grupo de seres destructores se dirigían hacia su ciudad y que necesitaban desesperadamente ayuda para repeler el ataque. El rey, extrañado por lo que oían sus pequeñas y puntiagudas orejas, mandó a su escuadrón de reconocimiento hacia la posición donde este grupo de humanos le indicó. Después de invitar a los humanos a que volviesen a sus tierras y tras prometerles que, si el ataque se efectuaba como ellos describían, les ayudarían con su ejercito, el rey les propuso un trato por el cual dejaba a su ciudad fuera de cualquier otro conflicto en el que los humanos se vieran inmersos.-

El anciano cogió la jarra donde guardaba su preciado licor de avellana y, después de pegar un trago, prosiguió.

– Las semanas pasaban y el rey seguía esperando a los soldados que fueron a observar dicha avanzada destructora. Un día, la voz alarmada de un guardia hizo levantarse al rey de su trono. Por la puerta, uno de sus exploradores entraba lleno de sangre. Entre gritos, se le podía escuchar decir que los humanos los habían atacado. Alarmado y lleno de ira, el rey mandó a su ejército de élite al frente, mientras ordenaba a los chamanes curar a su soldado. La tensión se respiraba en Hillrock.¿Por qué nos atacan?, ¿qué hemos hecho?, se preguntaban los ciudadanos. Al cabo de las semanas, ningún soldado regresó, excepto un humano moribundo que pedía auxilio en el portón principal de la ciudad. El rey mismo fue a recibirlo, dispuesto a mandar cortar la cabeza de semejante traidor. Y una vez capturado, fue llevado a un interrogatorio. El humano no hacía más que repetir que su pueblo se había vuelto loco, que la gente se atacaba a si misma y que, lo que un día estaba muerto, hoy caminaba a duras penas para masacrar a su gente. El rey no estaba dispuesto a creerse tal cuento y lo mando encerrar en la prisión. Mientras se lo llevaban, gritaba que se dirigían hacia allí, que ellos estaban en peligro. No tardó en sonar el cuerno de alarma. Un estruendo resonó en la ciudad y el portón cayó contra el suelo, dejando entrar a una legión de humanos, los cuales comenzaron a morder y comerse a todo ser con vida en el lugar. Cualquier ataque realizado era una pérdida de tiempo. Por cada humano que moría, cien aparecían detrás de él. Una vez la ciudad careciera de defensas, el rey sabía que era sólo cuestión de tiempo que aquel amasijo de humanos alcanzara la zona alta de la ciudad. Corrió a la prisión y mirando al humano capturado le dijo “Ahora soy yo el que debe pedirte un favor”. – El anciano agachó la barbilla para emitir una voz grave – “Debes salvar la lágrima de Terra, no puede caer en manos equivocadas”.

– ¿Por qué le da la lágrima a un señor pudiendo salvarla él mismo? – preguntó la joven levantando ligeramente la ceja, mostrando su desacuerdo.

– No te precipites, siempre debes analizar la situación mas allá de lo que tus ojos pueden ver – aconsejó el abuelo, mientras continuaba su relato – El humano, extrañado, le preguntó por qué debía ser él. El rey, mientras abría la celda, le dijo “Los rhino somos unos seres nobles y jamás dejaríamos a uno de los nuestros pudiendo defenderlo”. Acto seguido se adentraron en el templo y el humano quedó boquiabierto al contemplar que todo estaba hecho de oro y piedras preciosas. Al final de la sala, un árbol se alzaba hasta lo que los ojos podian ver, entendiendo así las dimensiones del templo. En un hueco de la base del tronco, una piedra de cristal con forma de lágrima descansaba entre musgo. El rey la cogió, se la entregó al humano y le hizo jurar que si su pueblo sobrevivía, debía entregarla de vuelta y sería recompensado con honores. De no sobrevivir, él debía convertirse en el siguiente guardián y proteger la lágrima con su propia vida. Fuera del templo un roc lo esperaba para marchar. El humano prometió que guardaría la gema hasta que todo aquello acabara y que se la devolvería al pueblo rhino. Y nunca más se supo de Hillrock y del humano que salvó la lágrima de la diosa.

– ¿Pues sabe qué abuelo? – dijo la niña mientras se levantaba seria, cogía la espada de madera y alzaba la punta hacia el techo – Mataré a esos humanos malos y encontraré al prisionero para hacer que le devuelva ese cristal al pueblo de Hillrock.

– Pero es sólo una leyenda. Nadie ha visto la ciudad de Hillrock nunca – dijo el anciano mientras reía por la acción espontánea de la nieta.

– ¡No se ría abuelo! – sus mofletes se hincharon en señal de enfado.

– Pequeña Elisabeth, tal vez seas tu quien le devuelva la lágrima a la antigua ciudad de Hillrock – las manos del anciano se secaban las lágrimas producidas por la risa.

 

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